jueves, 22 de enero de 2015

Consideraciones sobre Respirar.

   Leí alguna vez un librito de autoayuda que apoyaba su tesís  archiconocida de “conócete a ti mismo” en su totalidad sobre el yoga. Hablaba de buda, de la meditación y, claro, de respirar.
  Al parecer si uno cierra los ojos en posición de buda y se concentra en la respiración, en su vaivén, en su subir y bajar, entrar y salir, logra un estado de suspensión de la conciencia tal que se eleva por sobre la psiquis moderna, presa del ego que domina y enceguece el alma. Decía este escritor cincuentón, el del libro, que el yoga le había cambiado la vida de manera radical, al punto de hacerlo renunciar a su condición de empresario (no a sus empresas) para volverlo un trotamundos filantrópico, y que ahora que había encontrado respuestas su deber era darlas a conocer al mundo, para que otros siguieran su camino o el de Buda que, decía,  era su señor y maestro.
   Leí este libro cuando tenía 17 años más o menos , y mi mente (alma o conciencia) si bien no era una tabula rassa, digamos que era un cuaderno Gloria de 48 hojas con tan sólo algunas páginas ocupadas.
  En fin, me copé con el yoga, pero lo que más me impactó y puse en práctica fue el acto de respirar, concebido como la llave a la felicidad o a un estado en donde los miedos, ansiedades, y hasta las elucubraciones más complejas se vuelven pasajeras, simples intrusos en el alma humano que podemos controlar y dominar sin que que sean ellas las que nos acosen (Sí, de muy joven ya me preocupaba un montón de cosas y tampoco podía dormir).
  Cuando uno respira de manera ansiosa el aire se desperdicia, se lo lleva hasta el pecho y se lo larga con apuro, y se repite lo mismo cuando uno respira excitado, por la pasión, o jadea porque tiene sed o hambre, lo mismo, la respiración se vuelve superficial y no llega a completar el ciclo vital del cuerpo, no recorre los vericuetos más secretos del alma, y cada experiencia se vuelve así efímera e intrascendente: se extingue toda experiencia tras el despiadado paso de los días.



   Ya de grande (“joven” nivel militante de La Campora digamos) tome clases de hatha yoga, después de la cuarta clase me dolía todo el cuerpo y pensé, “me voy a tomar esta semana para descansar y reponerme”, todavía sigo reponiéndome.  El Hatha Yoga se trata de diferentes posturas corporales que aportan firmeza y elasticidad al cuerpo,  al parecer, el pilar de todas estas posturas es la respiración, cada una es sagrada y lleva en su génesis una inhalación y exhalación correspondiente, inhalamos profundo, movemos alguna parte del cuerpo, exhalamos cuando la postura se ha logrado. En ese sentido no se diferencia mucho de lo que hago cuando salgo a correr, cada zancada lleva su inhalación y exhalación de aire.
   La respiración es importante en todo acto de la vida, para correr la respiración es vital, hay que economizar hasta lo más mínimo de aire para utilizarlo a la hora de mejorar el rendimiento del cuerpo, cuando reímos, y cuando lloramos, cuando hablamos mucho y cuando dormimos, la respiración se modifica según la necesitemos más o menos. Alguien tendría que escribir alguna vez un libro sobre los diferentes modos de respirar según las demandas que nos presenta la vida a cada paso; si no es que alguien ya lo escribió.  
    Cuando a mi papá lo operaron y le reemplazaron la válvula aortica por una de titanio, luego de la operación, le dijeron que tenía que aprender a respirar otra vez. Que mientras estuviera en terapia debía practicar respirar, ejercitar la inhalación de oxigeno y expulsión de dióxido de carbono como si se trata de un musculo nuevo. Debía llevar lento y tranquilo el aire hacia el vientre y soltarlo de la misma manera y esa sería de ahora en más su manera nueva de respirar. Mientras la doctora le explicaba esto a mi papá, yo estaba presente, y pregunté instintivamente “cómo en el yoga”, ella me respondió “es yoga”. 




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