Leí alguna
vez un librito de autoayuda que apoyaba su tesís archiconocida de “conócete a ti mismo” en su
totalidad sobre el yoga. Hablaba de buda, de la meditación y, claro, de
respirar.
Al parecer si uno cierra los ojos en posición
de buda y se concentra en la respiración, en su vaivén, en su subir y bajar,
entrar y salir, logra un estado de suspensión de la conciencia tal que se eleva
por sobre la psiquis moderna, presa del ego que domina y enceguece el alma.
Decía este escritor cincuentón, el del libro, que el yoga le había cambiado la
vida de manera radical, al punto de hacerlo renunciar a su condición de
empresario (no a sus empresas) para volverlo un trotamundos filantrópico, y que
ahora que había encontrado respuestas su deber era darlas a conocer al mundo,
para que otros siguieran su camino o el de Buda que, decía, era su señor y maestro.
Leí este libro cuando tenía 17 años más o
menos , y mi mente (alma o conciencia) si bien no era una tabula rassa, digamos
que era un cuaderno Gloria de 48 hojas con tan sólo algunas páginas ocupadas.
En fin, me copé con el yoga, pero lo que más
me impactó y puse en práctica fue el acto de respirar, concebido como la llave
a la felicidad o a un estado en donde los miedos, ansiedades, y hasta las elucubraciones
más complejas se vuelven pasajeras, simples intrusos en el alma humano que
podemos controlar y dominar sin que que sean ellas las que nos acosen (Sí, de
muy joven ya me preocupaba un montón de cosas y tampoco podía dormir).
Cuando uno respira de manera ansiosa el aire
se desperdicia, se lo lleva hasta el pecho y se lo larga con apuro, y se repite
lo mismo cuando uno respira excitado, por la pasión, o jadea porque tiene sed o
hambre, lo mismo, la respiración se vuelve superficial y no llega a completar
el ciclo vital del cuerpo, no recorre los vericuetos más secretos del alma, y
cada experiencia se vuelve así efímera e intrascendente: se extingue toda
experiencia tras el despiadado paso de los días.
Ya de grande (“joven” nivel militante de La
Campora digamos) tome clases de hatha yoga, después de la cuarta clase me dolía
todo el cuerpo y pensé, “me voy a tomar esta semana para descansar y
reponerme”, todavía sigo reponiéndome. El Hatha Yoga se trata de diferentes posturas
corporales que aportan firmeza y elasticidad al cuerpo, al parecer, el pilar de todas estas posturas
es la respiración, cada una es sagrada y lleva en su génesis una inhalación y
exhalación correspondiente, inhalamos profundo, movemos alguna parte del
cuerpo, exhalamos cuando la postura se ha logrado. En ese sentido no se
diferencia mucho de lo que hago cuando salgo a correr, cada zancada lleva su
inhalación y exhalación de aire.
La respiración es importante en todo acto de
la vida, para correr la respiración es vital, hay que economizar hasta lo más
mínimo de aire para utilizarlo a la hora de mejorar el rendimiento del cuerpo,
cuando reímos, y cuando lloramos, cuando hablamos mucho y cuando dormimos, la
respiración se modifica según la necesitemos más o menos. Alguien tendría que
escribir alguna vez un libro sobre los diferentes modos de respirar según las demandas
que nos presenta la vida a cada paso; si no es que alguien ya lo escribió.
Cuando a mi papá lo operaron y le
reemplazaron la válvula aortica por una de titanio, luego de la operación, le
dijeron que tenía que aprender a respirar otra vez. Que mientras estuviera en
terapia debía practicar respirar, ejercitar la inhalación de oxigeno y
expulsión de dióxido de carbono como si se trata de un musculo nuevo. Debía
llevar lento y tranquilo el aire hacia el vientre y soltarlo de la misma manera
y esa sería de ahora en más su manera nueva de respirar. Mientras la doctora le
explicaba esto a mi papá, yo estaba presente, y pregunté instintivamente “cómo
en el yoga”, ella me respondió “es yoga”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario