lunes, 26 de enero de 2015

Sobredosis de TV.

Nunca tuve televisión en mi habitación, pero desde que mi hija fue poseída por Disney y su programación repetitiva me reclama que quiere una para mirar cuando se acuesta. La he intentado persuadir con cuentos a la noche y a pesar de que le gusta y escucha atenta, después no me quiere ni ver y prefiere, dice, a un gordito simpaticon (de dudosa orientación sexual) bailando con frenesí en la caja boba. Quiere la tele. los niños son más de la cultura de la imagen, es decir, antes que escuchar e imaginar, prefieren mirar y adorar.
  Entonces recordé que en diciembre del 2013 llevé un aparato “Serie Dorada” a una casa de reparación y desde entonces jamás lo retiré. Lo había comprado usado, justamente para mi habitación (desde esa fecha datan los reclamos de mi hija; es insistente, hay que reconocerle), y a los tres días dejó de funcionar. Era un televisor que carecía de la presencia y elegancia que presentan hoy los plasma HD y Smart Tv; viejo, gordo, pesado, y sin control remoto, pero, lo juro, era a color y ese es el único requerimiento que yo pedía a un televisor que iba a reproducir dibujos animados la mayor parte del tiempo.
Así que sin esperanza alguna llamé para preguntar, no sin vergüenza, si el cacharro seguía allí esperando a ser retirado. Y para mi sorpresa la voz meliflua de la secretaria (que es la hija del que arregla los televisores)  luego de consultar, me dijo que sí, que estaba en perfecto estado y lista para ser retirada. Eso sí, se me iba a cobrar un pequeño monto extra por la “estadía” de un año que el televisor pasó allí, es decir, debía pagar no solo la reparación, sino el alquiler del aparato: cosas raras que pueden ser posibles en esta sociedad de lucro a la que adscribimos. Así que sin chistar y preguntándome “porqué tuve una hija” (ah,si ya me acordé), fui, saludé,  pagué y me fuí con el aparato que pesaba más que el año pasado. .
  Ahora tengo dos intrusos en mi habitación, un televisor y una niña que dice ser mi hija. Ambos interactúan entre sí (ella baila siguiendo los pasos de un oso cariñoso que a mí me da miedo, pero cuando yo le digo que levante una media no mueve ni los ojos para mirarme)  y me ignoran y a ambos sigo sin entenderlos del todo y me aburren.
 Cuando la niña no está, la tele pasa la mayor parte del tiempo apagada, perdiendo por goleada con la PC: el monitor bueno, que me escucha, que se deja controlar, que me deja comentar, que recibe órdenes y obedece y que puedo, no solo mirar, sino leer, etc.
  Cuando conozca a alguien le voy a preguntar si prefiere la computadora o el televisor, de su respuesta dependerá  la continuidad en la relación… continuará.

Era un televisor que carecía de la presencia y elegancia que presentan hoy los plasma HD y Smart Tv,




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