Hoy ya no necesitamos correr, escalar o
saltar para sobrevivir como el hombre primitivo obligado a estos ejercicios
para cazar y escapar de depredadores. Nos basta con estar parados o
sentados presionando los botones que
activan esta máquina de producción e intercambio de fuerza por materia y, como
diría Perón, “del trabajo a casa y de casa al trabajo”. Correr así, sino es por
cuestiones de imposición médica, se vuelve un acto completamente absurdo.
En mi caso
en particular, todo comenzó hace unos meses: estaba
sentado mirando al vacío, pensando en la
muerte y en el misterio que se esconde detrás de ella. Pensaba en Hamlet y en
su monologo “ser o no ser”: “Quién
querría llevar tales cargas, Gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa,
Sino fuera por: Temor a algo tras la muerte, la ignorada región de cuyos
confines ningún viajero retorna.” Temía ese momento, no el hecho de desaparecer
de esta tierra o transfigurar mi cuerpo en otra cosa y mudar mi alma hacia
regiones de donde nadie regresa, sino la muerte como fenómeno humano, esa
milésima de segundo donde quizás haya una luz al final del túnel o simplemente
retornemos a la nada de la que venimos. No lo sé, tal vez la evidencia de mi
ignorancia fue, entonces la que me empujo a correr.
Pero no
puedo decir que fue eso lo que me motivó, o abusar de la
metáfora “corre para escapar de la muerte” creo que podría haber estado pensando
en cualquier cosa: qué cocinar, cómo sacar la mancha del techo, o cuántos
puntos debe sacar River en el campeonato para alcanzar a Racing y salir
campeón. No es el tema de la reflexión lo que importa aquí sino el hecho de
haber estado rumiando sin llegar a nada concreto. A veces me pasa que puedo
estar pensando sobre algo y luego de varios minutos me encuentro absorto en
otros temas, casi siempre existenciales, que me llevan largas horas de
inactividad física y sobreexitación cerebral. Esto no quiere decir que sea una
especie de genio, mi IQ no supera al de una persona mediocre que alguna vez
leyó un par de libros de filosofía griega: el simple hecho de tener pensamiento
no convierte a uno en filósofo (creo que a eso ya lo dijo Kant). Sólo que a veces
los pensamientos me dominan y pierdo las riendas. Mis reflexiones que me adhieren como garrapata al cerebro, casi
siempre es a la noche por lo que el insomnio es común en mi vida desde que soy adolescente.
Pero ese es otro tema. Volvamos.
Ahora bien,
tampoco comencé a correr por cuestiones de salud, para bajar de peso, o porque
esta de moda; ni siquiera para probar a
ver qué onda. Podría decirse que me inicié como Forest Gump cuando diezmado por
un nuevo abandono de una impredecible Jenny salió a correr por todo el Estado de Alabama.
Recuerdo la escena cuando en medio de esta Maratón de varios años los
periodistas le preguntan si corre por la paz mundial, por los derechos de la
mujer o por la guerra, y el responde “sólo tenía ganas de correr”. A diferencia
del personaje interpretado por Tom Hanks, yo solo corro algunas cuaderas y vuelvo a mi cas, pero igual que Forest yo también solo tenía ganas de correr.
Y lo dejamos
ahí. Las ganas son deseos y éstos son el combustible de toda vida humana. Casi
siempre el hombre común y silvestre, el asalariado, ve truncos sus deseos por
diferentes motivos, entre los que predomina la falta de dinero y tiempo, y podemos
dejarlo en falta de dinero solo ya que éste compra tiempo también.
Pero el
deseo de correr se puede satisfacer fácilmente, no se necesita más que una hora
o treinta minutos, un buen par de zapatillas y un circuito no muy irregular (si
tiene paisaje natural mejor) sin tantas pendientes como para empezar sin
esforzarse mucho y sin tantos semáforos para no perder el ritmo; una botellita
con agua de esa que sale de la canilla y nada más. En mi caso como soy un
animal social no muy prestigioso, ni adinerado, mis ganas de correr me vinieron
como anillo al dedo: “ah eso sí lo puedo hacer”, pensé y salí.
Desde entonces
salgo a correr todos los días una hora, antes y después de esa hora camino 15
minutos, por lo tanto el ejercicio me ocupa una hora y media más o menos si no
es que pierdo otro tiempito mirando el río y minas. Pienso que el día que
encuentre algo que me haga sentir mejor capaz lo deje, por ahora correr me hace
sentir bien, contento y me ayuda con el estrés típico de un hombre moderno.
Como no
tengo ninguna intención de convencer a la gente a salir a correr y ser una
especie de pastor del deporte aduciendo que es bueno para salud y etc, etc; solo diré es un acto como cualquier
otro, nadie se hace más bueno o más malo porque corre, así como estoy hablando
de correr, también puedo referirme a cocinar, dormir o trabajar. Cada acto
humano en sí tiene un propósito y sus respectivas consecuencias, la sustancia
de todo esto es el hecho de buscar en cada situación cotidiana la raíz de la
cosa, hacer de cada experiencia una escuela de la que luego se pueda salir
victorioso y más o menos completo. No quiero ser un fundamentalista del deporte
porque no sé mucho sobre eso, no me leí el Corán de Nike o Adidas, sólo quiero
tomarlo como una experiencia en sí, nueva y que ayuda a crecer pero sabiendo
que como todo, es pasajera, y hay que aprender a dejarlas atrás o adentro de cada
uno, según el lente poética desde donde se la mire.
Encontré dos videos en youtube: uno, muy interesante y breve, que describe qué músculos trabajan cuando se corre y cómo trabajan (lo adjunto) y otro que te muestra “cómo correr de manera correcto”. A este último recomiendo no
verlo, como toda actividad social masiva, el correr también tiene a sus
policías. Si salís a correr te vas a ir dando cuenta solo de tu “manera
correcta”, porque verán, parafraseando a Homero Simpson, correr es como comer
una naranja, “¡ya comete la maldita naranja”!
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